jueves, 21 de enero de 2010

Haití, día 1.

Uno, que es de pluma fácil y de verbo fluido, lleva unos días con la muñeca y el pensamiento mas rígido que de costumbre.

Los telediarios, los periódicos o los programas de radio no paran de dar noticias relacionadas con ese infierno en la tierra en el que se ha convertido la raída Haití. Las cifras de muertos y heridos aumentan y aumentan hasta unos números inimaginables. A las consecuencias directas del terremoto se le suman la hambruna, el miedo, las infecciones y seguro un sinfín de maldades que desde aquí, a miles de kilómetros de la catástrofe, no podemos ni imaginar.

Hoy, sin embargo, he sido espectador de una noticia que me ha dejado sobrecogido. Un grupo de bomberos y voluntarios han sacado de los escombros a dos hermanos de corta edad, uno de ellos rondando los 7 años y otro cerca de los 13. Ha sido impresionante el júbilo y la alegría que por unos segundos ha recorrido un lugar devastado y arrasado por la muerte. La imagen helaba el alma, el más pequeño de ellos en brazos de un bombero y elevando sus brazos al cielo, mostraba al mundo una sonrisa de esas inolvidables y que seguro nunca desaparecerá de mi memoria.

Desde aquí, a miles de kilómetros de distancia, he recibido una lección de un niño que tras pasar muchos días enterrado entre escombros, al ser rescatado, dibujaba una inocente y preciosa sonrisa en su cara. No sé como te llamas ni seguramente nunca lo sabré, pero gracias. Esos gestos son los que deben provocar que el llamado primer mundo reflexione y piense sobre si el camino que estamos tomando es el adecuado.

Hoy en Haití es el día 1, el día de la esperanza y a pesar de todo, el día de la alegría. Seguro que ese niño cuando crezca estará orgulloso del primer mundo, aquel que fué capaz de ayudar y rescatar a todo un país del más profundo de los abismos.



Mi pequeño homenaje y recuerdo para Haití.

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